sábado, 9 de febrero de 2013

Los muros del menosprecio.




Todo empezó tres años atrás, era un sábado por la mañana y paseaba despreocupado por el centro de la ciudad. A pesar de la precocidad del día, la gente ya bullía por las calles en un transito constante, y yo era uno más entre todos.

Pero algo me hizo parar, mi atención fue captada de inmediato por algo que se situaba en una plaza de aparcamiento junto a dos coches, cuando me fijé, un anciano de unos setenta y pico años de edad, desvencijado y enjuto yacía en el suelo. Uniformado con lo que antaño sería un elegante traje de piloto, roto y sucio hoy por la indigencia de los años.

Con la cabeza descansada en el borde de la acera, se apoyaba sobre lo que parecía ser una mancha de sangre, producida sin duda por una mala caída. Con la respiración exaltada, su mustio pecho luchaba por mantenerse con vida, aquel pobre diablo podría haber pasado toda la noche en aquella lamentable situación.

Por un instante me quedé paralizado y la gente me siguió adelantando molesta por el hecho de tener que desviarse unos metros para poder seguir su camino. Por esa calle debían de haber pasado a lo largo de la mañana más de veinte personas, ¿y ninguna había visto a aquel pobre hombre?.

No, no podía ser, era imposible, no estaba tan apartado ni tan escondido para no llamar la atención de los demás. Entonces me paré a observar, pero no al anciano, sino a la gente. A la gente que pasaba condenándole a una muerte segura con su indiferencia. No lo podía creer, las miradas de aquellos individuos se cruzaban con la de aquel pobre abuelo y no eran capaces de despertar más que indiferencia o menosprecio. Aquella visión me rasgó la mente.

Un hombre con pinta adinerada que pasó a junto a él, le lanzó una moneda sin detener su paso, que rodó junto a su deteriorado cuerpo. No pude dejar de mirarla hasta que se detuvo por completo.

Y saliendo de mi desparpajo me fui junto a él, apoyándole una chaqueta de traía bajo su cabeza, con la intención de taponar su herida. Los nervios no me dejaban pensar y miraba impotente a la gente que pasaba sorprendida de mi comportamiento. Yo no dejaba de gritar pidiendo ayuda y de que por amor de Dios llamaran a una ambulancia. Se que no debía haber reaccionado así, pero la pasividad de aquella gentuza me carcomía y la desesperación se hizo presa de mi.

Empecé a insultar a todos aquellos desalmados que se atrevían a pasar de largo, escupía maldiciones por mi boca en forma de palabras envenenadas, y entonces, sentí una ligera presión en la mano con la que sujetaba la de aquel abuelo, lo miré, y vi en su expresión un gesto de desaprobación ante mi comportamiento. Aquel infeliz quería perdonar a sus verdugos, yo me callé y la impotencia se ocupó de hacerme llorar.

Diez minutos después aquel desdichado murió en mis brazos, y siete minutos más tarde llegó la ambulancia, yo permanecí inmóvil, junto a él, abrazándolo hasta que me lo quitaron de las manos.

Este hecho marcó mi vida y perturbó mi forma de ser, afinando mi atención al mundo con los ojos de un crítico de cine. Desde mi acomodada posición había visto pasar la vida sin más preocupación que mantener en alza mi paga de la semana, conseguir los discos de mis grupos favoritos y mantener una relación sosiega con mi familia y allegados. Pero eso terminó, terminó en el mismo momento en que aquel desgraciado murió, muriendo con él mi inocencia. Ese día me di cuenta por primera vez que paseaba entre extraños. El parte médico forense afirmaba que su muerte se debía a un traumatismo cráneo encefálico. Pero yo sabía la verdad... que su muerte no la provocó una mala caída, sino la indiferencia de la gente.

Aun a fecha de hoy sueño con él y con su mirada de inocencia. La mirada de aquel pobre infeliz, sepultado entre los muros del menosprecio.


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