lunes, 11 de febrero de 2013
Los ojos de mi madre.
Cuarenta grados a la sombra, una adolescente con vacaciones y un niño pequeño, fueron motivos suficientes para que mi madre accediera a mis suplicas de ir a piscina municipal. Llevaba tres días dándole la murga para que nos llevara a mi hermanito y a mí. El hecho de que mis padres se conocieran y que mi madre descubriera las infidelidades de mi padre en una piscina, la condicionó para no querer volver a una en mucho tiempo.
Pero eso ya era agua pasada, hace dos años que se separaron y ya debía de ir superándolo. La convencí con el pretexto de que el cerdo de mi padre no debía de condicionar su vida y la de sus hijos. Pero mis pretensiones iban un poco más allá, ya que el socorrista de la piscina a la íbamos, era Julián. Un chico guapísimo dos cursos mayor que yo, que conocí en la fiesta de fin de curso y del que me quedé prendada sin remedio. Puede ser que el hecho de que mis padres se conocieran y se enamoraran en una piscina me determinaba a pensar que yo podía correr la misma suerte, no se si sería así o no, pero me negaba a no intentarlo.
El día en el que fuimos apenas había bañistas, teníamos casi todo el recinto para nosotros solos. Cuando entramos a la zona del césped donde nos íbamos a colocar, fue cuando lo vi. Allí estaba Él, subido a la silla del socorrista, sus gafas de sol, su camiseta blanca con las mangas cortadas y su escueto bañador rojo intenso me hicieron suspirar en voz alta llamando de inmediato la atención de mi madre. Afortunadamente me percaté y lo achaqué a las altas temperaturas y al cansancio de cargar con la nevera. Mi hermano Luisito ya corría alrededor de mi madre con los manguitos puestos, no paró de correr hasta que tropezó y cayó al suelo rompiendo en llantos. Mi madre se apresuró a soltar las bolsas y a cogerlo en brazos, pero no paró de llorar hasta llamar la atención de las familias que se encontraban en el recinto.
Julián a pesar de ser muy joven, era todo un profesional de su trabajo, se dio cuenta y acudió rápidamente. Cuando llegó se interesó por el estado de Luisito, a mi se me iba a salir el corazón por la boca. Lo miré y me sonrió y mis mejillas me delataron. Me saludó al reconocerme de la fiesta, y me dijo que ahora estaba trabajando pero que hablaríamos luego. Julián volvió a su silla, y se quedó reflexivo contemplando el recinto, como un rey que mira sus dominios desde su trono, y yo tenía que ser su reina.
La mañana pasó rápida, mi madre estuvo entretenida con Luisito, jugando en la piscina con él. Yo me entretuve en broncearme con las gafas de sol puestas, sin dejar de mirar a Julián de manera furtiva, y fantaseando con que él hacia lo mismo hacia mi. Cuando llegó la hora de comer sacamos los bocadillos de la nevera y estuve hablando con mi madre sobre las aspiraciones que tenía para el verano. Cada vez que me levantaba para ir al baño e intentar acercarme a mi socorrista, Luisito salía corriendo detrás de mí como solía hacer en casa, me adoraba, y yo a él, pero lo último que pensaba hacer era acercarme a Julián con un niño de cuatro años de la mano, no quería parecer una cría.
Después de comer mi madre se hecho un rato, dejándome a Luisito al cargo, como siempre. Estuvimos jugando un rato en el césped hasta que dieron las cuatro. Momento en el que Luisito se quedó profundamente dormido, yo lo sabía pues es lo que hace desde que nació. Tras acostarlo junto a mi madre planeé la mejor forma de acercarme a Julián. Tras meditarlo un rato decidí acercarme hacia él con aires de chica madura y plantearle algún tema interesante para romper el hielo, el resto ya iría viendo solo. De forma que me levante y me acerqué hacia él con los andares más sensuales que sabia poner, mirándolo fijamente. El se dio cuenta que me acercaba y se quitó las gafas de sol con el tiempo suficiente para ver como tropezaba con el bordillo de la piscina y me caía al suelo… ¡ Que estúpida ! Pensé.
Me dolía muchísimo más el orgullo después del ridículo que había hecho delante de él, que la herida que ahora sangraba en mi rodilla. Me apresuré a incorporarme, mientras él bajaba a toda prisa de su silla. Se acercó y me preguntó si estaba bien.
- Por supuesto - Le respondí.
Pero casi vuelvo a caer al intentar dar un paso. El me sonrió.
- Vamos a curarte eso – me dijo mientras me cogía de la mano y me conducía al botiquín.
Una vez allí, apartados de las miradas indiscretas me sentó en una silla y se puso a curarme la herida. Escocía a rabiar, pero de mi boca no salió ni un lamento. El tiempo que tardó en curar la herida no soltamos ni una sola palabra. Cuando me puso la tirita, me di cuenta que tenía dibujos de pingüinos, y no pude evitar sonreírle.
- Pues esto ya está - dijo mientras se incorporaba a la par que se le caía la caja de tiritas.
Los dos nos apresuramos a cogerlas, y chocaron nuestras cabezas.
Nos reímos juntos.
-¿ Ahora quien me va a curar a mi ?-.
Le concedí los segundos exactos para que terminara la frase antes de besarle en los labios. Él se quedó inmóvil, y pude sentir su inseguridad, cosa que consiguió lo contrario con la mía. Nos besamos durante dos minutos, los dos minutos más intensos de mi vida hasta la fecha. Tras separarnos sin saber muy bien lo que decir, salimos del botiquín cogidos de la mano.
Estaba eufórica... Pero ni toda la euforia del mundo contenida, sería jamás suficiente, para dar consuelo a la sensación de horror y agonía que me embargó, al ver el cuerpo inerte de mi hermano Luisito flotando boca abajo en mitad de la piscina.
Cuando Julián lo vio, gritó y salió corriendo para sacarlo del agua. Yo chillé, no supe hacer otra cosa. Las pocas familias que había se despertaban confusas por los gritos y todo el mundo se acercó a ver que pasaba.
El fallecimiento de mi hermano me hirió de muerte... el saber que todo fue culpa mía es una carga que soportaré toda la vida. Pero lo que me remató y marcó para siempre, fueron los ojos de mi madre.
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